¿Qué fue primero? Ángela Peralta, o el Ruiseñor Mexicano

Con un talento innato, a muy temprana edad fue reconocida y admirada quien muchos años después sería conocida como «El Ruiseñor Mexicano», la gran soprano Ángela Peralta, aquí cabría la eterna disyuntiva, ¿qué fue primero? la interprete o el ser humano.

Fuera de los escenarios bélicos, las mujeres empezaron a brillar, y quien con mayor luz que “El Ruiseñor Mexicano”: Ángela Peralta, llevó con su voz el nombre de México por todo el mundo.

El 6 de julio de 1845, un domingo que las campanas repicaban llamando a misa y la mayoría de los comercios se encontraban cerrados como se acostumbraba, en el número 2 del callejón de Pañeras, hoy la calle de Aldaco, nació en la Ciudad de México María de los Ángeles Manuela Tranquilina Cirila Efrena Peralta y Castera, quien sería mejor conocida por su nombre artístico como Ángela Peralta, hija primogénita de Manuel Peralta Páez y Josefa Castera Azcárraga, tres días después fue bautizada en el Sagrario de la Catedral.

Ángela Peralta, de origen indígena

Pese a ser hija de padres indígenas y de humilde cuna, pudo dedicarse a una profesión que estaba destinada a las señoritas de las clases económicas más favorecidas de su tiempo. Trabajó de sirvienta antes de dedicarse al canto. Con enorme disciplina y gran fuerza de carácter venció los prejuicios de la época y abrió las puertas de ese arte a muchas otras mujeres que la seguirían.

Resulta evidente que en su infancia recibió algo de instrucción formal y tuvo maestros de canto –quizá don Agustín Balderas, de quien fue alumna en su juventud–, pues se sabía de su educación y sus conocimientos de historia y literatura, así como de lenguas extranjeras, indispensables para una cantante de ópera.

En 1851, contando con 5 o 6 años de edad, María de los Ángeles empezó a recibir clases de solfeo, por lo que se le encargó al maestro Manuel Barragán esta encomienda. Tal parece que su voz daba muestras de talento natural, sólo necesitaba ser educada para dar buenos frutos.

Para 1852 la pequeña Ángela cantó durante la ceremonia de premios de la Escuela de Agricultura, según la biografía escrita por el poeta Agustín F. Cuenca. En 1853 volvió a mostrar su talento en un lugar del que sólo se tiene referencia como “el establecimiento de la Sra. Galván”, donde interpretó la cavatina (una pieza pequeña) de la ópera Belisario lo cual llamó mucho la atención, según Cuenca.

En 1852, la economía de la familia Peralta y Castera cambió, doña Josefa Castera obtuvo el título de conocimiento en materia de “lectura, escritura, aritmética, gramática y costura”, con lo que buscó y obtuvo a mediados de 1853 el permiso oficial para ejercer de “Preceptora de primeras letras” y empezó a dar clases en el Instituto de Nuestra Señora de los Ángeles, con lo que en 1854, doña Josefa contaría con ingresos mayores para destinar a las clases de piano y canto de la pequeña Ángela impartidas por el maestro Agustín Balderas.

El maestro Agustín Balderas dio lecciones de piano a la pequeña Ángela sólo por tres años, de 1852 a 1856, según cuenta el poeta Cuenca, esto para cuidar y proteger la voz de soprano de la niña, y así, al final de este periodo reanudar las lecciones de canto.

Con esto, Ángela incrementó su dominio del piano, tiempo después, en 1874, en la revista parisiense El Eco de Ambos Mundos se contaría una anécdota de la Peralta: A diferencia de otras niñas de familias privilegiadas y con recursos, quienes recibían clases de piano en sus hogares, como era costumbre de mediados del siglo XIX, la pequeña Ángela carecía de uno en su casa por lo que las lecciones de piano las recibía en el domicilio de su profesor. En su casa sólo se improvisó un teclado en una mesa para que ella ejercitara los dedos.

En 1854, cuando aún no cumplía una década de vida, empezó a ser conocida por el expresivo timbre de su voz y las sonoridades que alcanzaba. Más tarde ingresó al Conservatorio Nacional de Música. Con quince años, debutó en 1860, cuando el maestro Agustín Balderas se atrevió a poner en escena, por primera vez, una ópera totalmente preparada en México y ejecutada por mexicanos: El trovador, de Giuseppe Verdi. Ángela, quien interpretó el protagónico papel de Leonora, fue aclamada por el público.

En el México imperial, incluso, cantó para los emperadores Maximiliano y Carlota, lo cual le significó el cargo de Cantarina de Cámara del Imperio.

Dos teatros llevan hoy su nombre, uno en San Miguel de Allende y otro en Mazatlán. Siempre será recordada por sus majestuosas interpretaciones de Verdi y Donizetti.

Canta para la emperatriz Carlota

Sobre el título de Cantarina de Cámara del Imperio otorgado por Maximiliano a Peralta en 1865, el escritor liberal Ignacio M. Altamirano sentenció: “Toda la frescura de los laureles que había traído de Europa se marchita vergonzosamente, ante la aceptación de ese nombramiento de una corte bufa y oprobiosa”.

El 15 de noviembre de 1865, en plena intervención francesa, después de una comida organizada por la emperatriz Carlota, se dio un pequeño concierto en uno de los salones de palacio, ahí cantó la soprano mexicana Ángela Peralta, quien recibió los aplausos de la emperatriz Carlota de Habsburgo y de los asistentes a la reunión.

Cuenta la reseña periodística del 27 de noviembre de 1865 del diario La Sociedad que “…por el respeto debido a Su Majestad (S.M), es indudable que todos los concurrentes hubieran aplaudido frenéticamente, como lo hacían multitud de personas que se hallaban en la calle frente a los balcones de los aposentos de S. M.” En tanto, la emperatriz regaló a la cantante un brazalete.

Pule Ángela Peralta su talento

Una gran diferencia que había entre las niñas de familias acomodadas y la pequeña Ángela, era el motivo de la instrucción musical, enseñanza que tenía como finalidad “dotarlas de un adorno del cual hacer gala durante las reuniones o tertulias en las que participaran y en algunas otras ocasiones extraordinarias”, de ellas no se esperaba que vivieran de su talento; pero con Ángela fue diferente, de ella su familia esperaba que trabajara exhibiendo su talentosa voz en los escenarios.

Además de desarrollar sus dotes musicales, María de los Ángeles debió adquirir conocimientos y habilidades que la sociedad del siglo XIX consideraba propios de las mujeres, como los quehaceres domésticos, la doctrina religiosa, las primeras letras, la aritmética, además de que entre las familias privilegiadas se les exigía historia, geografía e idiomas (francés e inglés).

Es muy probable que en las primeras décadas de su vida Ángela estudiara también italiano, ya que su hermano, Manuel Peralta, cuenta en su libro “Ángela Peralta” que su hermana “a los quince años hablaba italiano y francés”.

Fue el 18 de julio de 1860 que Ángela, con tan sólo 15 años de edad, debutó con la ópera El Trovador en el Gran Teatro Nacional que lucía a tope y que estaba en el sitio donde luego se construyó el Palacio de Bellas Artes.

Tanto era el afán de los espectadores para presenciar la ópera que muchos asistentes compraron su entrada para escuchar de pie. El periódico La Sociedad en su edición del 22 de julio de 1860 describió la presentación de Peralta así:

“Posee la srita. Peralta una voz de timbre delicado y simpático, bastante extensa y, sobre todo, homogénea. La naturaleza y el estudio le han dado una notable agilidad, una ejecución correcta, suma precisión y facilidad en las ejecuciones, y abunda en sentimiento y expresión. Es, pues, una aficionada muy superior, y su porvenir tan brillante, cuanto que siendo muy joven, alcanza ya un mérito poco común; no dudamos, pues, que bajo una dirección hábil y juiciosa desarrollará completamente sus cualidades naturales y adquirirá con la edad mayor volumen de voz”.

A los 15 años de edad, Ángela debutó en el Gran Teatro Nacional cantando la ópera “El Trovador”.

 

Angelica di voce e di nome

Fue tal su éxito que viajó a Europa donde se presentó en los teatros más importantes de las ciudades de Cádiz y Barcelona, además de actuar en el Teatro Real de Madrid. Es el 13 de mayo de 1862 cuando llegó su consagración al ser ovacionada en el teatro de La Scala de Milán en Italia, donde interpretó la ópera “Lucia de Lammermoor”, donde por las grandes muestras de admiración tuvo que salir un total de 23 veces a escena para agradecer las ovaciones.

Es en España durante su gira de 1862 donde algunos periodistas impresionados por su bella voz, le dieron el título del “Ruiseñor Mexicano”, además de que en Italia le nombraron “Angelica di voce e di nome”, Angélica de voz y de nombre, haciendo referencia a que tenía la voz de un ángel y no solo en su nombre.

Llegó a cantar en el teatro Zizinia, en la ciudad de Alejandría, en Egipto, en donde también fue ovacionada. De esta manera lo describe la nota de La Sociedad del 25 de marzo de 1865: “…la Srita. Peralta cantó ‘como raras veces se oye en el día cantar’, y alcanzó de nuestro público el verdadero bautismo de la celebridad. A cada nota que pura y melodiosa se desprendía de sus labios, transportado al público por el poder del arte, experimentó las más tiernas emociones, y se entusiasmó hasta el último grado. La Srita. Peralta tuvo que repetir la polaca, y habría tenido que repetir toda la ópera, si hubiese habido discreción en pretenderlo”.

Estuvo casi cinco años en Europa cantando en Italia y España, en donde se casó con su primo Eugenio Castera y regresó a México el 6 de mayo de 1871. Triunfante y ya en México, también regresó al Gran Teatro Nacional hasta el 30 de agosto de ese año en que terminó la temporada cantando “El Barbero de Sevilla”. En el año de 1876 enviuda tras la muerte de su esposo.

A finales de 1882, Ángela inició una gira por el Norte de la República, en Monterrey cantó en el Teatro del Progreso, también actuó en Saltillo y Durango. Para agosto de 1883 llegó a Mazatlán, Sinaloa, donde fue aclamada a su llegada, pero en el puerto azotaba la “fiebre amarilla” y Ángela fue víctima del mal cayendo enferma.

En su lecho de muerte, en una habitación del hotel Iturbide de la ciudad de Mazatlán, Ángela contrajo nupcias con su administrador, el escritor Julián Montiel Duarte. Tras su muerte, el 30 de agosto de 1883, su cadáver fue vestido con sus mejores joyas.

Sus restos mortales fueron sepultados en el cementerio municipal de Mazatlán, pero en 1942 y por iniciativa del periodista Rafael Martínez, fueron exhumados y trasladados suntuosamente a la Ciudad de México, logrando que se colocaran en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores, donde hasta ahora se conservan.

En honor a su gran talento y su bella voz, la calle que se encontraba a un costado del Palacio de Bellas Artes entre este recinto y la Alameda Central se le nombró como la soprano mexicana, Ángela Peralta. En la actualidad esta calle es solo peatonal y es paso para los transeúntes que pasean del Palacio a la Alameda y viceversa, además en este espacio se encuentra la entrada a la estación del metro Bellas Artes y la entrada a un estacionamiento subterráneo, subsiste como único vestigio de esta calle una placa con el nombre “calle Ángela Peralta” en una pared del Palacio.

Vista sur a norte de la calle Ángela Peralta, en este espacio se encuentra la entrada y la salida de un estacionamiento subterráneo, además se aprecia a la derecha el Palacio de Bellas Artes.

Escuelas y calles llevan el nombre de esta mujer y, con el pasar de los años, pareciera que cada vez son más las nuevas generaciones que no saben quién fue y el por qué vemos su nombre en varios sitios.

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